El presidio de El Plástico: de la dureza de San Lucas a la libertad entre las montañas de Sarapiquí

Mucho antes de que las montañas de Horquetas se convirtieran en parte del paisaje productivo y turístico que hoy conocen sus habitantes, en medio de aquella extensa vegetación funcionó un singular centro penitenciario que dejó una huella silenciosa en la historia de la comunidad: la colonia penal agrícola de El Plástico.

Durante la década de 1960, el Ministerio de Justicia desarrolló en esta zona una modalidad penitenciaria de carácter semiabierto, destinada principalmente a privados de libertad que se encontraban en la etapa final de sus condenas y que provenían de centros como la Isla de San Lucas y la Penitenciaría Central.

La filosofía del proyecto era muy distinta a la de una prisión tradicional. Los internos que llegaban a El Plástico se encontraban bajo un régimen de confianza y tenían mayores libertades de movimiento. No había celdas convencionales ni grandes estructuras de concreto rodeadas de barrotes. En su lugar, los privados de libertad convivían en una finca rodeada de montañas y participaban en labores agrícolas y ganaderas como parte de un proceso de reinserción previo a recuperar definitivamente su libertad.

El nombre de El Plástico surgió, precisamente, de una de las estructuras levantadas por los propios internos. En el centro de la propiedad construyeron un improvisado refugio utilizando madera y grandes lonas de plástico negro. El espacio servía para protegerse de las constantes lluvias de la zona y también como punto de encuentro para compartir los alimentos y conversar.

La colonia se encontraba en una ubicación estratégica, en el camino que conducía hacia un antiguo hotel situado en las montañas de Horquetas. En aquellos años, aquel sector era completamente diferente al que conocen las nuevas generaciones: caminos rústicos, extensas áreas de montaña y una comunidad que apenas comenzaba a experimentar importantes transformaciones económicas y sociales.

Una historia que sobrevivió en la memoria de un antiguo interno

La existencia de El Plástico permaneció durante décadas en la memoria de algunos de los pobladores más antiguos de Horquetas. Parte de esa historia pudo ser reconstruida gracias a una investigación periodística realizada por nuestro director, Alfie Gätjens, quien tuvo la oportunidad de conversar directamente con uno de los antiguos internos de aquella colonia penal.

Por respeto a su memoria y a su familia, su identidad se mantiene en reserva. El hombre falleció posteriormente, pero antes de morir compartió recuerdos de una etapa particularmente difícil de su juventud.

Su historia comenzó cuando todavía era muy joven y terminó enfrentando un proceso penal después de intervenir para defender a su madre durante un episodio de violencia intrafamiliar. Aquella situación cambió el rumbo de su vida y lo llevó a cumplir una condena en la Isla de San Lucas.

Posteriormente, cuando se aproximaba el final de su pena, fue trasladado a El Plástico. Allí encontró un escenario completamente diferente al de la prisión de la isla: montañas, animales, labores del campo y un sistema sustentado en la confianza y la responsabilidad personal.

Fue precisamente en Horquetas donde, después de cumplir su condena, decidió establecerse de manera definitiva. La que inicialmente había sido una etapa más dentro de su vida penitenciaria terminó convirtiéndose en el lugar donde comenzaría una nueva vida.

Cuando la montaña escuchaba la fiesta del pueblo

Entre los recuerdos que aquel antiguo poblador conservó de aquellos años destaca una historia que refleja también la transformación que experimentaba Horquetas.

Por aquella época, la comunidad vivía el auge de las primeras plantaciones bananeras en la zona de Río Frío. La actividad agrícola comenzó a atraer a numerosos trabajadores y, con ellos, una nueva dinámica económica y social.

Durante los fines de semana, el centro de Horquetas adquiría una vida completamente distinta. Los trabajadores llegaban en chapulines para disfrutar de los salones de baile, la música y los establecimientos de hospedaje donde también se ofrecían servicios sexuales a cargo de mujeres que habían llegado desde diferentes partes del país.

La actividad nocturna era tal que el ruido de la música y el movimiento del pueblo alcanzaban incluso las zonas montañosas.

Y fue precisamente ese ambiente el que despertó la curiosidad de dos internos de El Plástico.

Una noche, atraídos por la música y por las historias que llegaban hasta la finca, ambos decidieron abandonar temporalmente el centro penal y emprender a pie el camino hacia Horquetas.

No se trató de una fuga convencional. El régimen de confianza que imperaba en la colonia permitía cierto grado de autonomía y, según el relato conservado por este antiguo interno, los dos hombres bajaron hasta el pueblo para pasar el fin de semana.

Durante aproximadamente 48 horas disfrutaron de la vida nocturna de Horquetas: bebieron, bailaron y compartieron con las mujeres que trabajaban en los establecimientos de la época.

Pero lo más llamativo ocurrió después.

Al cumplirse el tiempo acordado, ambos regresaron caminando hasta la finca por voluntad propia. Volvieron a El Plástico y contaron a sus compañeros las experiencias vividas durante aquel particular fin de semana en el pueblo.

El episodio, más allá de la anécdota, retrata el funcionamiento de un modelo penitenciario basado en la confianza y en la responsabilidad de quienes se encontraban en la última etapa de sus condenas.

Un presidio que desapareció, pero no su historia

Con el paso de los años, la colonia penal agrícola dejó de funcionar. Las estructuras desaparecieron y nuevas generaciones crecieron sin conocer que, en medio de aquellas montañas, alguna vez existió un centro destinado a preparar a privados de libertad para regresar a la sociedad.

Sin embargo, la memoria permaneció.

Para algunos de los habitantes más antiguos de Horquetas, el nombre de El Plástico todavía identifica aquel lugar perdido entre las montañas, donde durante una época convivieron presos en proceso de recuperar su libertad, trabajadores agrícolas y una comunidad que comenzaba a experimentar profundas transformaciones.

Hoy, cuando el paisaje de Horquetas es recorrido por vecinos, productores y visitantes, pocos podrían imaginar que aquellos caminos fueron transitados décadas atrás por hombres que llegaban desde las cárceles más duras del país para cumplir la última etapa de sus condenas.

El presidio de El Plástico ya no existe físicamente. Sus instalaciones fueron absorbidas por el paso del tiempo y la transformación del territorio. Pero su historia permanece viva en los relatos de quienes la conocieron y, especialmente, en la memoria de aquel antiguo interno que encontró entre las montañas de Horquetas no solamente el final de una condena, sino también el comienzo de una nueva vida.

Foto tomada de Facebook